Un campeonato a Santa

Arturo Salgado Gudiño
El Universal
Ciudad de México
Jueves 04 de diciembre de 2008

El fervor de la afición cementera se apoderó de los alrededores del estadio y se hizo la fiesta


francisco.salgado@eluniversal.com.mx

La liebre se lo tomó en serio. Música navideña, gorro de Santa y cascabeles, es la botarga de Cruz Azul que brinca y brinca sobre la plataforma detrás de las bancas, época navideña, época de sorpresas. La liebre está entusiasmada, tanto que pierde el piso -literal-  y cae en "costalazo" detrás de los suplentes visitantes; mientras, la afición espera que no le pase lo mismo a La Máquina.

El Eje 5 "vomita" autos. Hace que la llegada al estadio Azul sea en goteo. Insurgentes es imposible y el Eje 6 ni pensarlo. Salida del trabajo y semifinal de ida es mala combinación para esta parte de la ciudad.

En la reja de la puerta uno, Noé se aferra a la reja, espera a los azules. Los pies le pican. Sube, baja, brinca, camina. Al fin se sienta. Recarga la cabeza en sus puños, parece que implora y vaya que le pone fervor. A sus 11 años, el chico nunca ha visto coronarse a los Cementeros, si acaso sabe de 1997, porque fue el año de su nacimiento.

Aún se sonroja por la final de hace seis meses, pero la fe le aprieta lo mismo que la banda que le amarra la muñeca izquierda "Pasión Celeste".

Un brinco del chico en falso. Los motociclistas escoltan al autobús del potro. Es la vuelta a una vieja casa. Atlante viene sonriente y Noé quiere amargarlos, por eso prolonga su grito de reproche "buuuuuuuuuuuuu", que se pierde entre el "leeeeeero, leeeeeros" de los feligreses que esperan el pitido de La Máquina.

Noé vuelve al escalón frío y descansa el mentón en una mano, mientras con la otra cuida que el peinado acabado "Yosgart" no pierde ni un gramo de gel, se mira las zapatillas de futbol. Las pintó de rosa, emula aquellas que gustan tanto a Villaluz y que el delantero asegura, sólo se vendieron 60 en México, cosas de la mercadotecnia.

Al fin, Noé tiene motivos para saltar. Las rejas abren paso al local. El autobús nada entre un mar de manos alzadas. "¡Azul, Azul!". Lozano despierta a Torrado, Galindo ni se inmuta y Noé casi llora.

Los equipos están en el túnel y el chico hace chocar sus rodillas en espera de explotar. Lo hace estrujando el escudo celeste, mientras su equipo corre al corazón del campo. "¡Azul, azul!" capitanea el grito de batalla. Hasta el penal, antes del minuto 10. Silencio: "¡Goooooool!", Noé grita con los ojos, con la nariz, con el ahogado aullido de su garganta. A eso vino al Azul, a celebrar por su Máquina, sin importar que la torpe liebre caiga, sin fijarse en el resultado. El vino para pedirle un campeonato a Santa.

 
 
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